Cómo afrontar enfermedades graves (Resiliencia)

17 de December del 2018

Cómo afrontar  enfermedades graves  (Resiliencia)

Autor: Manuel Casquero Durán

Ser y sentir

Reservados los derechos

 

El ser humano posee más capacidad de soportar sufrimiento, de adaptación y supervivencia de lo que puede llegar a imaginarse.  Se podría decir que estamos programados para sobrevivir, aún en las peores condiciones, no para morir.  

 

“La resiliencia, por definición, es la capacidad para hacer frente a las adversidades de la vida, superarse e inclusive, ser transformados por ellas.”.

 

Uno de los momentos más difíciles y cruciales, donde ponemos a prueba nuestra capacidad de resiliencia, es cuando nos enfrentamos ante una enfermedad grave que amenaza nuestro futuro más inmediato. 

 

Como es todo proceso traumático, ante la incertidumbre y la imprevisión del diagnóstico,  se despiertan en nosotros el  miedo,  la ira, la tristeza, o incluso huida, parálisis  y apatía. 

 

Sufrí  en mis propias carnes esta situación.  Pasé tres meses  en una habitación destinada a enfermos en riesgo o terminales,  con la amenaza de tener un cáncer linfático en estado muy avanzado.  Me hicieron varias biopsias, broncoscopia , punción de medula, extirpación de tejidos…etc.

 

Desde el primer día supe que no me podía permitir el lujo de deprimirme y  tirar la toalla (como se suele decir de quien abandona).  La enfermedad era una imponderable que me había caído inesperadamente como un muro de cemento.  Pero yo quería y deseaba con todas mis fuerzas seguir viviendo.  Por ello, pensé:  me sentiré mejor, si yo contribuyo de alguna manera a mi mejoría.  Y me puse a trabajar para que mi mente jugara a mi favor.

 

Realmente fue una experiencia inolvidable y hoy diría que, incluso positiva.  Hice buenas amistades con el equipo de médicos, enfermeras,  auxiliares, limpiadoras… Repasé mi pasado para aceptarlo, reestructuré mi escala de valores, aprendí a meditar y parar la mente  y adquirí un nuevo concepto de la muerte y de la vida. Pero, sobre todo, descubrí  mi capacidad de Resiliencia.

 

Con el objetivo de poder ayudar a otras personas que estén viviendo esa experiencia traumática, a continuación describo y comparto con vosotros, paso a paso, el proceso que seguí  a nivel psicológico y espiritual:

 

  1. Aceptar a enfermedad. Como sucede en las fases de cualquier proceso de duelo, antes de aceptar la enfermedad, podemos pasar por la negación de la misma (No es posible… Se han equivocado en el diagnóstico…no quiero oír hablar de este tema..) o por una tormenta emocional que suele conllevar tristeza, miedo e ira a la vez. Muchas veces la tristeza y la ira van juntas de la mano, y  detrás de ambas, siempre late sumergido  mucho miedo. Aceptar la enfermedad no significa quedarse impasible y no intentar poner lo mejor de nosotros mismos en el tratamiento y en la recuperación. La aceptación es fuente de serenidad y disminuye la preocupación y la ansiedad. Asimismo, nos facilita tener un mejor control de la situación y de nosotros mismos. La parada de pensamientos y la meditación pueden favorecer el proceso de aceptación. Asimismo, disponer de información sobre los tratamientos, los efectos secundarios, las fases, etc.   Una vez que aceptamos la enfermedad empezamos a luchar contra ella, y sin darnos cuenta, también le vamos ganando pequeñas batallas. Si quieres aferrarte a la vida, es necesario perder antes el miedo a la muerte.

 

  1. Tener la tranquilidad de que disponemos de los recursos necesarios para el control de la salud. Saber que estamos en manos de buenos profesionales, y con suficiente experiencia, que disponen de varias alternativas terapéuticas. Confiar en la investigación y en los avances de la medicina. Pensar que en el presente se curan o controlan enfermedades que hace diez años podían ser  mortales.

 

  1. Cambiar nuestro enfoque a la hora de abordar  el problema, o lo que es lo mismo, desarrollar el pensamiento positivo. Por ejemplo, concentrarnos  mucho más en las pequeñas mejorías y normalizar en lo posible las adversidades diarias. Pensar que el “dolor” es inevitable pero que no debe conllevar al sufrimiento. Ser negativos o pesimistas puede suponer  estancarnos en la sensación de malestar y amplificarla, por no apártala de nuestra mente ni un solo instante.  Y, por último, “enfocar toda nuestra energía en el presente” para que obtengamos el máximo efecto posible. La enfermedad suele preferir las tormentas del pasado o la incertidumbre del futuro. Por ello, es beneficioso mantener esta creencia:   “No quiero preocuparme por  cuántos días me queda de vida,  prefiero concentrarme e implicarme en que el día o el momento que estoy viviendo sea lo más agradable  posible.”Si conseguimos que las emociones positivas no sean eclipsadas por nuestra enfermedad (amor, preocupación por los demás, optimismo, curiosidad por el mundo..), sin duda alguna, vamos a poder afrontar con mayor garantía de éxito nuestras adversidades.

 

  1. En los momentos de mayor angustia, cuando una metralla de emociones negativas secuestra nuestro cerebro, lo más recomendable es realizar una parada de pensamientos. Para ello, nos concentraremos únicamente en nuestra respiración. Pondremos nuestra atención sobre nuestras sensaciones y percepciones corporales. Asimismo, nos diremos a nosotros mismos: Puedo superar esta situación. He vivido y lidiado con situaciones peores y lo puede soportar. Quiero y sé que puedo vencer esta crisis.

 

  1. Desarrollar mecanismos de defensa.  Lo mecanismos de defensa son estrategias de pensamiento para afrontar el miedo o el dolor.  Por ejemplo, desarrollar nuestro sentido del humor es un arma poderosa para aliviar tensiones y angustias. Proyectarnos en personas que han pasado por nuestro trance y superaron la enfermedad. Preguntarnos  qué sentían, qué pensaban, cuáles eran sus expectativas sus metas.  Asimismo, para los que sienten aspiraciones artísticas o creativas, es muy beneficioso sublimar la experiencia de la enfermedad. La escritura, la música, la pintura o las habilidades manuales nos ayudan a sacar los sentimientos de la enfermedad de nuestro interior, para transformarlos en una obra que despierte emociones en los demás.

 

 

  1. Mantener, contar o ampliar la red de contactos sociales. O, lo que implica  recibir el apoyo de amigos y familiares. Las visitas o las llamadas pueden ser vitaminas de optimismo para el enfermo. La ternura y la comprensión aumentan las defensas, sin duda alguna. No obstante, los familiares también deberían saber respetar los momentos o las circunstancias en las que el enfermo necesita estar solo.

 

  1. Confiar plenamente en los profesionales que nos están tratando. Hablar abiertamente con ellos sobre cualquier duda o temor, y, desde el respeto y la comprensión mutua, establecer fluidos canales de comunicación.  Confiar sin reservas   en las directrices de un buen profesional de salud en un momento dado, puede ser tan eficaz como contar con un pequeño Dios en la tierra.

 

  1. Apoyarnos en competencias o habilidades que hemos aprendido a lo largo de nuestra vida, al abordar situaciones difíciles. Por ejemplo, resistencia a la frustración, perseverancia, reforzar nuestra autoestima, estar abiertos al cambio o a nuevas experiencias y potenciar nuestros recursos para el control de las emociones. Por ejemplo, visualizar el problema o conflicto que vivimos en su día y lo que pensábamos y sentíamos al principio, cuando no lo sabíamos abordar. Y en contraste, volverlo a visualizar cuando lo resolvimos y percibir cómo cambiaron nuestros pensamientos y sentimientos. Preguntarnos; ¿qué aprendí de esa experiencia? ¿ Podrían ser útil aplicar algunos de los recursos que aprendí?. ¿Cómo me vería a mi mismo/a si supiera afrontarme mejor a las dificultades de la enfermedad?

 

  1. Darle un significado espiritual a la enfermedad. Para muchas personas la vía espiritual son sus  creencias religiosas (“Dios no me deja solo ni me abandona”), pero para los que son agnósticos o que necesiten más apoyo, yo le recomiendo que se planteen que la vida es una aprendizaje continuo.  Vivir es empezar a saber, morir es el final de un conocimiento.  La enfermedad también es una experiencia vital que nos puede conducir a  aprender, reestructurar nuestra escala de valores y darle un nuevo sentido y  rumbo a nuestra vida. Es decir, plantearnos la enfermedad no como una condena, si no como un desafío.

 

  1. No desanimarse. Admitir que el proceso de sanación no es lineal, ni uniforme. Pueden existir mejorías muy rápidas, pero también recaídas.  Tanto las mejorías, como las recaídas son las dos caras de la sanación. En cualquier caso, no hay que dejar de valorar los avances y las mejorías, por pequeñas que hayan sido.

 

  1. No dejar de pensar en proyectos futuros. Tener presente que aún vamos a tener la oportunidad de mejorar muchos aspectos de nuestra vida. En los momentos de crisis o cuando más se agudiza la enfermedad, es posible que nos acordemos de oportunidades que no supimos aprovechar, sueños no realizados o personas que dejamos de ver.  Si confiamos en que podemos sanar, puede ser el mejor momento, para planificar tener más calidad de vida, darle un nuevo sentido a nuestra existencia y acabar todo lo que dejamos por terminar. Siempre es eficaz perdonarnos por los errores del pasado y mirar con ojos nuevos el presente. “Sanar significa volver a vivir, nacer de nuevo y tener otra oportunidad”. Si nuestro corazón alberga ilusiones, difícilmente dejará de latir.

 

Aunque no llegues a comprender porqué has enfermado, no te recrees en la sensación de sufrimiento, pesimismo o fatalidad. “No eres más víctima que nadie”. Todos los seres humanos en algún momento van a enfermar y vivir una  situación parecida a la tuya. Admite que hay aspectos que están fuera de tu control, pero concentraté en todo lo que puedes aportar, sobre todo, mantener una actitud positiva. Si te sientes protagonista de tu proceso de sanación, incrementarás considerablemente las posibilidades de recuperación.

 

Si tuviera que resumir los diez  puntos en uno, yo lo llamaría “Amor” en toda la extensión de la palabra. Las carencias afectivas, los conflictos, las decepciones, las soledades  y los sueños rotos nos enferman. Poner amor en todo lo que realizamos y pensamos reduce el desequilibrio que ocasionan muchas enfermedades.  Una vida en plenitud y con sentido es una vida más saludable.

 

Autor: Manuel Casquero Durán

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