15 de January del 2019

El hombre que hablaba con los árboles

Juan y Ricardo eran dos amigos que se conocían desde su más tierna infancia. Los dos tenían la misma edad. Se habían criado en el mismo barrio, eran vecinos y en su niñez lo habían compartido todo.

Sin embargo eran muy diferentes el uno del otro. Juan era mucho más sensato, racional, práctico, estudioso y riguroso.  Amaba el orden, la puntualidad, el sacrificio, y, sobre todo, su principal valor era la justicia. Se podría decir que aplicaba el método científico para abordar cualquier razonamiento. En cambio, a Ricardo le encantaba improvisar, buscar ideas novedosas, crear  y experimentar emociones intensas. En su propio caos, encontraba el orden. A diferencia con su amigo,  amaba el sentido del humor, la sencillez, disfrutar de la intensidad del momento y las pequeñas cosas de cada día y, sobre todo, se inspiraba en la naturaleza.

Os preguntaréis,  ¿cómo dos personas tan distintas podían ser amigos? La respuesta es sencilla; porque se complementaban y aprendían el uno del otro. Si tuviéramos que representarlos con una parte de nuestro cerebro, podríamos concluir que Juan era el hemisferio izquierdo y Ricardo  el derecho.  Cuando ambos cooperaban el cerebro compartido de su amistad generaba  las mejores ideas y emociones.

 Eran distintos  y sus vidas también lo fueron. A los padres de Juan les tocó la lotería y pudieron pagarle la mejor educación.   Cuando cumplió los catorce años le enviaron internado a un colegio muy prestigioso, donde le prepararon para ir a la universidad y le enseñaron varios idiomas.

 En cambio, Ricardo, apenas pudo acabar el bachillerato, ya que tuvo que ponerse a trabajar por necesidad para ayudar a mantener a su familia.

Cuando Juan  tuvo que dejar el barrio para ingresar en el internado, los dos amigos se despidieron con bastante tristeza contenida, pero se prometieron que, pasara lo que pasara, no iban a perder nunca el contacto. Y así fue. Juan consiguió acabar la carrera de ingeniero aeronáutico y se colocó en una empresa cuya misión era el diseño de aeronaves. Después optó por crear su propia empresa  y  explorar mercados en otros países.

 En cambio, Ricardo, tuvo varias ocupaciones, casi ninguno estable y al final consiguió entrar a trabajar en una fábrica como operario. No obstante, y a pesar de estar separados por la distancia y el tiempo, los amigos se siguieron escribiendo y compartiendo sus vivencias.

 Juan se casó nada más terminar la carrera y tuvo un niño. Ricardo conoció varias mujeres pero al final no quiso comprometerse con ninguna, porque lo que más amaba era su libertad y su independencia. Fue coherente consigo mismo y permaneció soltero.

Si la vida les había tratado de forma tan diferente y les cambiado tanto, ¿qué interés podía tener un hombre de éxito como Juan para  seguir manteniendo la amistad con Ricardo? 

Aparentemente podrían existir varias razones;  el afecto por la infancia compartida, porque le parecían divertidas sus anécdotas o porque siempre tenía la capacidad de sorprenderle. Pero la verdadera razón era que en sus momentos de crisis, Ricardo sabía escucharle y ofrecerle  los mejores consejos.

 Consultó con él en varias situaciones críticas  de su vida donde estaba perdido y no sabía cómo abordar su presente y futuro inmendiato; por ejemplo, cuando le ofrecieron invertir su capital en otras empresas, cuando tuvo que enfrentarse a la inesperada muerte de su hijo por un accidente, cuando necesitaba creer más en si mismo o cuando su matrimonio entró en crisis.

Todos los consejos que le había dado Ricardo  le fueron muy útiles. Con su forma tan personal de entender la vida, le habían ayudado a reflexionar y a ver perspectivas originales que nunca habría podido llegar a plantearse desde su mente tan analítica, pragmática y racional.

Pudiera parecer  paradójico que el amigo más inteligente, con más estudios, éxito profesional y reconocimiento necesitara el consejo de alguien cuyo principal mérito había sido entregarse a los placeres y disfrutar al máximo de la vida.

Pero lo cierto, es que Ricardo poseía una visión sencilla  de la realidad y una sabiduría  intuitiva innata y muy clarividente. Muchas veces Juan se preguntó; cómo conseguiría su mejor amigo dar tan buenos consejos, pero por más que su parte racional se empecinaba en buscar una teloría,  no hallaba la respuesta.

 

Cuando cumplió cincuenta años Juan decidió hacer un viaje breve para volver a su país y reencontrarse con su amigo. Ricardo se alegró bastante también de este reencuentro. Había  pasado más de treinta años desde que no se veían y ambos tenían mucho que decirse y bastantes  experiencias que compartir.

Ya no eran niños, había pasado demasiado tiempo y aquel rencuentro levantó en los dos muchas expectativas.  ¿Serían capaces de reconocerse?...

 Quedaron en la puerta central del parque principal de la ciudad, donde se escapaban de niños en más de una ocasión huyendo de la rutina del barrio.  Parecía  mentira que en el centro de la ciudad existiera  un pequeño pulmón conectado con la naturaleza a través de árboles de distintas especies, pájaros silvestres, fuentes  y un estanque. Era como un oasis entre el desierto de  tantos edificios de cristal.

 

Nada más llegar a su punto de encuentro, Juan vislumbró  la silueta del un hombre extremadamente delgado, con el rostro prematuramente envejecido y los hombros caídos.  Se acercó a él sigilosamente, dudando que pudiera ser su amigo. Cuando el hombre se dio la vuelta reconoció perfectamente los ojos de  Ricardo. Ambos se miraron sin decir palabra y después se abrazaron.   

Durante un tiempo solo hubo silencio, porque ante la emoción del reencuentro  sobraban explicaciones, palabras y cumplidos, y, quizás necesitaban relevarse  más que nunca  los recuerdos compartidos.

 

 

 

Después de este breve tiempo de silencio, entre sonrisas espontaneas y complicidad, ambos exclamaron; ¡cómo has cambiado!   Pasearon durante varias horas por todos los rincones del Parque y ambos amigos sin intercambiaron experiencias, vivencias  y miles de anécdotas.

 

En un momento determinado, Juan percibió que su amigo estaba muy cansado, casi sin fuerzas y le propuso  sentarse unos instantes  en un banco. Los dos observaban absortos  los espejismos del agua del estanque y su contraste con  la puesta de sol. Aprovechando que aquel contexto invitaba a realizar reflexiones más profundas, Juan decidió agradecerle a su amigo los buenos consejos que le había ofrecido en distintas etapas de su  vida y explicarle lo productivos que habían sido.

En  un momento de la conversación, le comentó: -Tengo mucha curiosidad por hacerte una pregunta, ¿en qué te has apoyado para orientarme tan acertadamente en mis momentos de crisis? – Ricardo no lo dudo y le contestó:- en el lenguaje de la naturaleza, y, sobre todo en mi intuición. Yo no vivo con tanto estrés como tú. Por eso todas las tardes, antes de caer el sol, necesito venir a este parque para reencontrarme con los árboles.

Siento como si una parte de mi ser estuviera conectada  con lo más puro y esencial de la naturaleza. Las obligaciones, las preocupaciones y la rutina  del día a día son el pesado equipaje que dejó olvidado  en la entrada del Parque. Cuando respiro este aire, escucho el canto de los pájaros, tomo conciencia de que yo soy ilimitado y que mi ser es la misma energía que gravita a mi alrededor. Si tengo alguna duda o necesito ayuda, dejó mi mente en blanco y me limito a observar. Mis mejores consejeros son los árboles. Podría diferenciar todas las especies que hay en este parque: el magnolio caduco, el almez, las encinas, el cedro de atlas, el ciprés común...

 - ¿Cómo dialogas con los arboles?- le pregunto intrigado Juan- Su amigo intentó explicárselo de la manera más sencilla, práctica y comprensible  posible. - ¿ Recuerdas que me pediste consejo si podías invertir todo tu capital en una empresa?.  Escuché todos los argumentos que te habían dado para convencerte. Paseando entre los arboles me di cuenta de que nuestra visión nos engaña. En principio, parece que la arboleda por su espesor es como una muralla que no deja más espacios.  Pero si sabes mirar, y cambias la perspectiva, empiezas a vislumbrar que existe una dimensión tridimensional. Lo que conduce a reconocer que, aunque no lo apreciemos a primera vista,  no  hay nada infranqueable, ya que existen muchos espacios de separación inadvertidos entre los árboles. Te recomendé que dudaras de los argumentos que te habían dado, porque los árboles me indicaron que necesitabas valorarlos en mayor nivel de profundidad y con otra perspectiva.  También recordarás el gran dolor que sentiste con la muerte inesperada de tu hijo por un accidente. Creías que tu vida ya no tenía sentido y que todo se había terminado para ti. Pues bien, en esa ocasión me fijé en las hojas de los arboles caídas en el suelo, tan amarillentas, mustias y quebradizas como tu tristeza. Me pregunté si los arboles no se sentirían tristes también al despoblarse de sus hojas con la llegada del otoño. Y me contestaron  que no, porque son las mismas hojas las que vuelven a nacer con la primavera. Pero con la savia mucho más renovada.  Apoyándome en esta observación, te recomendé que si querías que el duelo de tu hijo no se alargara mucho en el tiempo, la mejor solución era que pensaras en tener otro hijo cuanto antes.   Estaba convencido que el rostro del recién nacido verías lo mejor del hijo que habías perdido, y, de esta forma te sentirías aliviado.  Igualmente, cuando cumpliste los cuarenta y empezaste a dudar de tu autoestima recurrí a los árboles. Vi la imagen derrotista que habías proyectado de ti mismo en muchas especies  que no son de este ecosistema. Estos árboles  han sido plantados pese a su voluntad, en un ambiente hostil y sin embargo son capaces de sobrevivir.  ¿sabes por qué?.... Yo te lo diré. Porque tienen unas raíces vigorosas capaces de profundizar en las capas más profundas de la tierra hasta hallar los recursos necesarios para sobrevivir en los períodos de  sequia.  En aquella ocasión te recomendé que valoraras todos los logros que habías conseguido en tu vida y todas las circunstancias adversas con las que habías lidiado, porque ahí estaban tus raíces; es decir tu verdadero potencial.  Por último cuando tuviste la crisis con tu mujer, advertí que si los bosques existen es por la solidaridad que unos semejantes tienen con otros. Cada árbol tiene su trozo de cielo y su espacio de luz, sin necesidad de robárselo a otro. Y, aunque nadie lo sabe,  en la profundidad de la tierra sus raíces se abrazan y se enraízan, para compartir agua y minerales.    Por ese motivo, te recomendé que más allá de las apariencias y de las discrepancias entre tu mujer y tu, no necesitabais competir por robaros el uno al otro un trozo de cielo, sino que debíais establecer un nuevo diálogo para que vuestras raíces volvieran a encontrarse.

 

- Me parece impresionante lo que me has comentado- dijo Juan- -No me puedo explicar cómo yo que estoy acostumbrado a explotar la parte más racional de mi cerebro  y resolver día a día problemas complejos, soy incapaz de tener tu  intuición. – Su amigo le contestó- Porque te olvidas que tú también eres parte de esta naturaleza. Todo lo que debemos aprender en esta vida está escrito en ella. Solo es cuestión de parar la mente y de vaciarla, abrir los sentidos y observar. La intuición es capaz de alumbrar las partes más oscuras de nuestra indecisión.  Los árboles saben de la vida mucho más que nosotros, por eso para mi son  los mejores consejeros-.

Después de estas explicaciones, se acentuaron el rostro de Ricardo los  síntomas de su cansancio, su piel palideció aún más y empezó a toser insistentemente.-

 ¿Qué te pasa?- le dijo su amigo Juan, con la máxima preocupación- en mi puedes confiar. – Menos más que has vuelto.- le contestó Ricardo- Parece que el destino es sabio. Le pedí a los árboles nuestro reencuentro porque no quería morirme sin despedirme de ti. Tengo una enfermedad terminal y los médicos me han asegurado que ya no hay nada que hacer, solo es cuestión de pocos meses.

 - ¿Cómo pueden decir que no hay nada que hacer?- Contestó preocupado y sobresaltado Juan- En nuestro país ya no existen más tratamientos y yo no tengo posibilidades de acceder a otras alternativas terapéuticas en el extranjero porque son muy costosas- le contestó con resignación Ricardo.

Juan sintió a la vez bastante tristeza, rabia  e impotencia por la situación que estaba sufriendo su mejor amigo. No podía consentir ni admitir que no existiese una esperanza para él.  Por este motivo, no escatimó en recursos económicos, consultó con varios médicos y  especialistas del Pais donde había emigrado y  al final consiguió que su Ricardo  ingresara en uno de los mejores hospitales para el tratamiento de su enfermedad.. 

Pero, lamentablemente, la vida de Ricardo, pese a acceder a  nuevos tratamientos experimentales,  se iba apagando lentamente.

- ¡No te vas a morir!- le repetía Juan en los peores momentos. Y Ricardo le contestaba: -No te preocupes, ya me lo advirtieron los árboles. No siento ningún miedo a la muerte, porque ya he aprendido todo lo que necesitaba saber de la vida. Vuelvo a la naturaleza, mi ser es parte de ella, y, como los árboles, puede que un día todo lo que he vivido pueda enseñarle algo a quien le necesite-.  Solo te voy a pedir una cosa… Será mi último consejo.

- Pídeme lo que quieras- Contestó emocionado Juan, levantando la voz.

Cuando me vaya no sufras demasiado por mí. Piensa que sigo en la naturaleza, que me expreso con su lenguaje y que si aprendes a observar y vacías tu mente, hallarás siempre las respuestas que buscas.

 

Cuando finalmente no se pudo evitar lo inevitable y Ricardo murió, Juan incineró su cuerpo y con las cenizas plantó un árbol en el jardín de su casa en su memoria. Pensó que era el mejor homenaje que le podía ofrecer a su amigo.  El árbol no tardó en crecer. Eran una especie poco común en el país donde habitaba, pero resistió y consiguió sobrevivir.

 

En la actualidad,  cada vez que Juan tiene una duda, miedo o preocupación, se sienta en el porche, observa  su jardín,  deja su mente en blanco, la vacía de pensamientos negativos y de esquemas rígidos, abre todos sus sentidos, observa … y sigue pidiéndole consejos a su mejor amigo. 

 

Reflexiones :

 

Las personas diferentes, pero que se complementan, son las que más pueden aprender las unas de las otras.  En todas las vidas suceden circunstancias adversas y no deberían ser esas circunstancias las que condicionen nuestra felicidad. No es tan importante lo que nos sucede, como el estilo que tenemos de afrontarnos e interpretar nuestra realidad.

El éxito fundamentado únicamente en logros profesionales o materiales no es el verdadero triunfo. “El triunfo está en llegar a conocerse a uno mismo, compartir, amar y saber disfrutar de la vida, aprovechando al máximo cada momento que vivimos.”

La amistad debe apoyarse en la lealtad y respeto por las diferencias con el amigo.  Cuando el sentimiento de afecto es compartido, no importa el tiempo ni la distancia. “La amistad sigue manteniéndose viva”.

La muerte no es otra cosa que el fin de un ciclo y volver a la esencia de la naturaleza desde donde fuimos creados. Quien vive en el recuerdo, nunca muere.

A la hora de enfrentarnos a un problema, dificultad o situación crítica es útil que empleemos los dos hemisferios de nuestro cerebro, el  racional y el más intuitivo.  En algunas ocasiones, para hallar la solución hay que saber salirse de la caja de nuestra primera visión de los elementos de un problema, ser flexible, cambiar las perspectivas, y, en definitiva,  intentar ser lo más creativos posibles. 

Cuando hayas realizado un análisis profundo de los hechos, verificación de tus hipótesis y llegues a una conclusión, no te olvides de escuchar también tu corazón.  Se perceptivo sobre lo que están sintiendo a la vez, porque tus emociones tienen información significativa que si las sabes apreciar te serán de máxima utilidad.

El leguaje de nuestra vida estaba ya escrito con anterioridad en la naturaleza. Ser un buen observador de los paisajes, matices, especies y el clima, empieza, por vaciar tu mente y abrirla a la luz y a nuevos horizontes.  No puede existir mayor sabiduría.