13 de November del 2017

El pasajero del tiempo

El tiempo no pasa, pasamos nosotros.

 

Existió alguna vez un alma nómada que había recorrido en su vida múltiples senderos en busca de sí mismo. Cuando llegó a la madurez sintió  miedo a envejecer y comprobar como día a día se deterioraban sus capacidades físicas y psicológicas.  Temía tener que estancarse en un mismo lugar y no poder seguir viajando.

 

Por ello, se obsesionaba con la idea de parar el tiempo y detener su vida.

 

Con el objetivo de conseguir su propósito, vago días y noches y se  desplazó a un desierto donde solo le rodeaban un inmenso mar de arena que abrazaba con su relieve de dunas, el espejo radiante de una azul sediento.

 

En este estado de soledad y de profunda conciencia, no existía la sombra de otro ser humano, ninguna huella de la historia de la civilización, ningún sonido, ningún recuerdo. Estaba a solas consigo mismo y la vida.

 

Cerró profundamente los ojos, escuchando únicamente los latidos de su corazón creyendo que conseguiría paralizar el tiempo en un solo instante.

 

Pero al volverlos abrir, advirtió que por ese cielo infinito, antes ausente y vacio, desfilaban en forma de nubes cada uno de los recuerdos de su infancia. También percibió nubes de su presente más reciente, de sus dudas existenciales de sus pequeños y grandes miedos. Y, por último, intentado vislumbrar signos que explicaran su futuro, el cielo se fue apagando con llamaradas naranjas y violetas de insatisfacción. Sin darse cuenta, el crepúsculo se había adueñado de él.

 

Y, en vez de sentir nostalgia, añoranza o impaciencia, inexplicablemente se sintió aún más unido  al origen del universo.

 

Meditó: “No estoy aislado, solo soy un átomo más que gira con la energía superior de la creación. “ La vida no se detiene porque nos detengamos nosotros”.

 

La emoción empezó a desbordarle y cuando menos  lo esperaba notó que unas gotas brotaban de sus iris... No era polvo del desierto, no era rocío de la madrugada, no era lluvia incipiente…   simplemente estaba llorando.

 

Por primera vez, al intentar detener la vida, la estaba sintiendo  de verdad. Y dando ritmo a su propio tiempo se volvió a dar una nueva oportunidad para seguir viviendo.  Había descubierto la verdadera correspondencia que existe entre nuestro universo interior, más emocional y etéreo, con todo lo material, circunstancial y racional que nos rodea. 

 

Vivimos e interactuamos en las vidas de los demás, nos movemos y damos movimiento y cuando menos lo esperamos nos salpica con su espuma nostálgica  ese rio caudaloso “llamado tiempo”.  Pero también podemos actuar para que el tiempo no sea nuestro enemigo y juegue a nuestro favor. Solo es cuestión de liberar al corazón y vivir con plenitud.

 

"La vida, por mucho que lo deseemos o nos engañemos,  no se detiene en la soledad, en la ausencia de nosotros mismos, ni tan siquiera en su  crepúsculo. Cuando empieza a anochecer en nuestra existencia, una luz desde nuestro interior flota como las nubes para que nunca olvidemos que vivir es el único sentido de nuestra existencia y cuál es nuestro verdadero espacio en el universo.

 

  “La vida no nos vive a nosotros, somos nosotros los que vivimos la vida."

 

 

 

Reflexión: 

 

Por muchos senderos, paisajes  y caminos que lleguemos a transitar, el sentido de nuestra existencia solo lo encontraremos  a través de un viaje interior hacia nosotros mismos.  Existe un punto de unión entre nuestro corazón y las leyes del universo.  El tiempo solo es un signo de que vivimos en un continuo movimiento  que nos empuja a cambiar y evolucionar.

 

Autor:  Manuel  Casquero Durán

Ser y sentir

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