13 de November del 2017

El sol de orión

La constelación de Orión se encuentra situada al otro lado del sol, un poco por debajo de él. Esta constelación, también denominada el cazador o la catedral de cielo, es una de las más espectaculares e imponentes del universo. Está configurada por varias nebulosas, entre ellas la denominada  “cabeza de caballo”.

 

Los astrólogos, que están acostumbrados a explorar los confines del universo, señalan que la constelación de Orión  tiene un azul tan intenso, como si se fundieran en un mismo color la luz del cielo y del mar. Su estrella más rutilante es “Azul Rigel”. 

 

Mucho antes de que se formara la vía láctea y el sol iluminara por primera vez la tierra, el astro rey se enamoró de esta estrella. A mucha distancia de ella,  creyó percibir con asombro, por primera vez, que germinaba en su nebulosa azul algo parecido al brote de una flor.

 

El sol con su poder, fuerza e insistencia empezó a iluminar  la faz de esta estrella con el propósito  de que la flor que cobijaba su esperanza creciese cada vez más. Pretendía, que, como resultado de su pasión, energía y  potencia, naciera ante sus ojos el origen de la vida. Se podría decir que el sol intentó ser Dios.

 

Pero fue tanta su insistencia, que no se percató que con su potente luz la estaba desgatando. “Azul Rigel”  iba perdiendo poco a poco su brillo y su belleza. Su color lentamente iba empalideciendo y el relieve de aquella pequeña flor se agostaba, debilitaba y no conseguía brotar.

 

 – ¡Tengo que hacer más esfuerzos y poner más empeño hasta que mi luz propicie la fotosíntesis del amor que siento por ella.- Se repetía, sin cesar,  el astro Rey-.

 

 Para alcanzar  su propósito, ascendió  hasta situarse en paralelo con la estrella. Era un lugar que no le correspondía y estaba incumpliendo las leyes del universo, pero él prefirió  ignorarlo. Le cegaba el deseo de  hacerse más visible y que sus rayos más potentes se inclinarán en horizontal sobre el germen de la flor.-

 

 

 “Mi luz es la verdad”. –“Mi luz es mi amor y mi generosidad”. Nada ni nadie conseguirá frustrar mi sueño”. Tan solo tengo que hacerme más visible y no cesar  ni un momento de iluminar lo que más quiero- se reafirmaba el sol.

 

Pero la obsesión es la luz más devastadora y acaba abrasando y convirtiendo en ceniza todo lo que ilumina. El astro rey no pudo evitar que la nebulosa azul, que tanto amaba, se convirtiera en polvo desértico blanco y el brote de su amada flor feneciera  por completo.

 

Desde entonces, la palabra soledad tiene su origen en el sol. Un sol que quiso hacerse imprescindible, y, desde su insistencia y su ambición, no pudo evitar incendiar el oasis de su esperanza.

Su mayor confusión fue que querer convertirse en el Dios del amor, cuando el único Dios que existe es el Amor. Derrotado, hastiado y vencido, el sol volvió a bajar de nivel en el espacio, para volver a ocupar el lugar que verdaderamente le corresponde en el universo.

 

Lloró tanto su desamor, que, sin pretenderlo, originó las primeras nubes en la tierra. Poco después  comenzó el milagro de la lluvia. Las semillas que yacían  en el núcleo de la tierra, empezaron a brotar  raíces, después surgieron tallos verdes y por último los pétalos más hermosos que jamás ha podido iluminar ninguna luz.

La primera flor que broto en la tierra fue la  mejor manifestación de la vida. Porque la vida no es otra cosa que el resultado  de la fotosíntesis del amor.

 

Con su experiencia, el astro rey  aprendió que si quería conservarla, debía permitir que la tierra girara y rotara sobre sí misma para dar espacio al escenario del encendido de  la noche.

 

Desde entonces, cuando se extinguen los  últimos rayos de sol sobre la tierra, la constelación de Orión se hace la más visible. Y todos lo que han sentido por primera vez amor se sienten proyectados en alguna estrella o sobre un punto azul e infinito de la galaxia.

 

 

Nunca más el sol ha sentido  la necesidad de volver llorar, porque ha aprendido, que más importante que destacar, brillar o llamar la atención, es respetar los espacios y el tiempo de los demás…

 

Pero, ¿quién ilumina al sol si su trono es la soledad?. La única respuesta que posible es:” El amor”.  

 

Reflexión:

El verdadero amor es el milagro de la vida. Cuando nos enamoramos nos convertimos en luz para los demás.

Saber amar requiere  respetar el espacio y el tiempo de la persona amada. Aceptar las diferencias, querer y comprender sus defectos, tanto como sus virtudes. No imponerse sobre el otro ser, si no saber complementarse para crecer unidos.

La obsesión, la insistencia y la obstinación se sitúan al otro lado del amor. En su zona más oscura, donde no puede germinar  ninguna flor. Un corazón que necesita iluminar continuamente a la persona amada, más que amor, lo que están sintiendo es un apego irracional.

Todos en alguna ocasión hemos intentado ser el sol de alguien y todos hemos regresado a la soledad. No estamos solos, aunque lo parezca, si dentro de nosotros mismos aún guardamos el rescoldo del amor.

Amar es un sentimiento  bidireccional. Tan importante es ser luz e iluminar, como que te iluminen.  

 

Mandamientos del Amor:

 

Si quieres lograr retenerme,  no impidas la posibilidad de que pueda alejarme de ti. Si deseas que te comprenda nos reniegues de mis discrepancias y diferencias. Si vienes a  abrazarme, cuida que tus brazos no se conviertan en mis cadenas. Si pretender conseguir todo de mi, en vez de llenarme, solo conseguirás vaciarme. Atrévete a conocerme, antes que a juzgarme. No sabrás quererme, si no aprendes antes a respetarme. Y si logras quererme con tus cinco sentidos, lo primero que desearás es que sea feliz, aunque no lo pueda ser contigo.

 

Autor: Manuel Casquero Durán