13 de November del 2017

La golondrina

El tiempo de mi madurez se había convertido en un templo de reflexión, soledad profunda y búsqueda de la serenidad. Un largo invierno que parece no tener final.  Vivía en una cabaña de madera en la faldas de las montañas. Elegí ese paisaje para que no pudiese recordar ninguna huella de la civilización. Demasiado ruido, edificios de cristal, aceleración, multitudes anónimas, competición  y falsos brillos fueron el decorado de un pasado del que pretendía huir. 

Pero, ¿se puede huir del pasado cuando dudas si habrá futuro?.No lo sé.

Todos los días realizaba las mismas actividades como si con ello marcara mi propio ritmo del tiempo. Y, cuando llegaba la noche miraba fijamente el fuego encendido. Sin apenas luz y en silencio, buscaba sentido a todo lo sucedido en mi vida.

Como un buen equilibrista del bien y del mal,  luchaba para que el sabor dulce de los mejores instantes vividos pudiera extinguir el acíbar de tantos desengaños, despedidas inesperadas, frustraciones y heridas que nunca se cierran.  

En mi oficio de recordar no fui consciente de que necesitaba más que paradójicamente nunca la vida que estaba perdiendo.

Una mañana llegó la primavera sin permiso ni esperarla.

 

Desde al ámbar del cristal de mi ventana, te vi llegar golondrina. Te habías perdido por los senderos posiblemente, llamaste a mi puerta  y no me miraste como un triste hombre,  vencido y apagado.

 

 Hablabas sin cesar pero no dejabas de sonreír. Sin duda en tus pupilas había mucha vida acumulada deseando derramarse. Me fije en tu cuerpo, como quien adora una esfinge sin condiciones. Tenías una aureola elegante, sensual y divina, y, en ocasiones me parecías tan tierna e inexplicable como el garabato de un niño.  Eras todo lo que yo no podía ser.

 

No sé si fue la embriaguez de tanto tiempo de nostalgia. No sé si la alegría y la espontaneidad se transmiten o que hasta la persona más cuerda tiene un momento de debilidad. Pero sucedió.

 

 

 

Dejaste tu melena al viento. Nunca habías estado más bella y sensual. Rompiste todas las cadenas y distancias y sin que casi lo advirtiera te ofreciste a mí.

 

La sabia helada de mis venas volvió a e bullir y brotaba para sumergirse en tu interior como agua pura y cristalina. Sin darme cuenta, di a luz deseos y caricias que ya creía para siempre adormecidas.

 

Me cautivaste con tu juventud y con tus palabras. Al sentir desplegarse tus plumas sobre mí, me estaba bebiendo de un solo trago la vida.

 

Quise hacerte mía, golondrina. Pero me invadió un miedo inexplicable a sentirme prisionero de tu cuerpo, pero nunca dueño del todo de tus sentimientos. Demasiado tiempo separaba nuestros corazones. Tú eras toda energía, yo una lucha constante contra el cansancio. 

 

He de confesar que en mi vida pasada creí vivir instantes de felicidad que solo eran espejismos y se diluían como un azucarillo en el agua de la desilusión.

 

Pensé que solo eras “ave de paso”, como lo son los corazones que tienen prisa por vivir.  Tuve  miedo de hacerte daño y de hacerme daño.

 

Mi sueño quedó lastrado y mi deseo se convirtió en alquimia. Aún existían muchos retazos del invierno en mi vida.

 

 

 

 

 

 

 

Te sorprendió mi negación.  Me miraste  desafiante, como quien se rebela contra una injusticia.  

Y te pregunté con la voz quebrada :

 - ¿ Por qué has venido a beber de mis manos? ¿ Por qué has hecho latir tan fuerte a mi corazón cansado? Si yo solo me siento vivo cuando el sol de la tarde se inclina?

 

Te desconcerté, no sabías que contestarme y te pusiste a llorar, mientras me escuchabas decir:

 

 - Ni aunque el tiempo pudiera avivar la hoguera de mi juventud perdida, no pueden existir segundas oportunidades,  para quien no supo aprovechar en su día su oportunidad.   Jamás te cambiaría por mi soledad desnuda, que si bien en ocasiones es triste, estoy seguro de que siempre será mía.

 

Una lluvia inesperada y tan cobarde como yo, empezó a arañar el cristal de la ventana.

 

 - Tu eres un deslumbramiento, un truco de magia, una pasión pasajera.. Nada ni nadie pude detenerte, golondrina. Por favor, márchate, antes de que rocíes  con tu inconsciencia más sal para mis viejas heridas.

 

 

Desde el ámbar del crista de la ventana, ahogándome en mis propias lagrimas, te vi marchar. Alzaste el vuelo y se difuminó en la distancia  tu aureola mágica, sensual y divina.  

Aquella noche sentí que mi corazón se estaba convirtiendo en cenizas.

 

 

A  partir de esta experiencia mi vida ya no volvió a ser la misma. Mi serenidad se convirtió en un movimiento sísmico de intranquilidad. Mis certezas se convirtieron en afiladas dudas. Mi refugio en la montaña se fue haciendo cada vez más pequeño. Me había convertido en un preso de un recuerdo o de una parte mía desconocida.

 

Hoy te escribo esta carta sin saber si algún día la leerás o si con el cambio de estaciones regresarás  algún día. He de confesarte que me arrepiento desesperadamente de no haberme fundido en tu cuerpo. Sé que más allá de mi horizonte, aún existe horizonte y se vislumbran tierras estivales, policromadas y menos frías.

 

 Quiero llorar y no puedo. A pesar de mi edad, sigo siendo débil.

 

El tiempo del arrepentimiento es pertinaz y pasa lento. Las esperanzas que no se aprovechan se evaporan demasiado deprisa.

 

No hay nada más triste e inútil que vivir añorando quien nunca pudiste ser, rechazar cualquier futuro  y no llegar a entender el verdadero lenguaje de la vida. Si de las semillas de un fruto nace un nuevo árbol, si por donde pasó la lava de un volcán, la tierra vuelve a germinar, si el agua que se evapora vuelve a llover.. ¿Por qué negamos la esperanza que nos ofrece un nuevo instante para vivir? 

 

La vida es un vuelo fugaz y pasajero, como tu Golondrina, solo el que vuela sin miedo sabe vivirla.

 

 

 

 

Reflexión:

 

En el balance de nuestra existencia el único tiempo que cuenta realmente es el que se ha vivido intensamente.

Nunca debemos de desaprovechar oportunidades. Entre dos cuerpos que se entregan se produce una fusión total de sus almas y ya no existen diferencias de años, creencias y modos de entender la vida.

La alegría, como la juventud y la esperanza son contagiosas. Hay horizonte más allá de nuestros horizontes y llegar a entender el lenguaje de la naturaleza es comprender que la vida conduce a la muerte, pero que la muerte siempre regresa a la vida.

 

Autor: Manuel Casquero Durán

Ser y sentir

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