13 de November del 2017

Las alas de ser y sentir

Una libélula intrépida confundió las puertas del cielo con el brillo opaco de un estanque.

Flotando en su desdicha, no dejó de mover sus alas ni un solo instante y perfiló una elipse blanca, venciendo  las aguas con su brío trepidante.

 

Unos ojos sensibles, con el iris  del cielo y un cielo con un caudal ilimitado de sensibilidad por dentro,  rescató al insecto antes que fuese demasiado tarde.

 

Con mucho cuidado, mimo y ternura tendió sus alas al sol para que pudieran secarse. Después le dio cobijo con el corazón de sus manos y el abrigo de sus dedos.

 

Aquellas alas hastiadas, agradecidas, comenzaron tímidamente a balancearse...

 

Las manos hospitalarias se abrieron y dejaron que la libélula alcanzara de nuevo el cielo, para que así pudiera liberarse.

La libélula no sabía que su valor le había forjado dos alas de cristal y consiguió con su resistencia no ahogarse.

El corazón que la salvó, se salvó a sí mismo con su generosidad.

Porque no hay mejor manera de perdonar, que perdonarse. De  liberar  que liberarse, de recibir que entregarse.

Quien se entrega, abre las puertas del cielo para que otra alma vuelva a volar y encuentre su espacio en la inmensidad.

Lo más importante, puede ser lo más insignificante. Lo menos esperado, lo más gratificante.

 

Para alzarse y volar solo hacen falta dos alas nada más:

La libertad de ser y sentir, que lo más pequeño puede ser lo más importante

de sentir y ser, que entregarse y entregar es lo más gratificante.

 

Reflexión:

La generosidad es la mayor grandeza que puede albergar el alma humana. Nace en el interior de una sensibilidad profunda orientada a los demás. Es un sentimiento que nos que eclipsa rencores, heridas y desengaños. Convierte lo más pequeño en lo más importante. Libera y nos libera.

 

Autor. Manuel Casquero Durán

Ser y sentir

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