Mi padre

17 de December del 2018

 

Mi padre era como cualquiera de vuestros padres posiblemente, aún así, para mí siempre seguirá siendo una persona muy especial.  Falleció muy  joven, cuando yo aún había entrado en la preadolescencia.  El que tenía alma viajera emprendió muy deprisa su último viaje, quizás sin sospecharlo, por causa de esa terrible enfermedad, cobarde, que dio la cara cuando ya era demasiado tarde. Los recuerdos de su agonía son los peores de toda mi vida. Primero, porque yo no tenía suficiente madurez psicológica para enfrentarme a una situación así, segundo,  porque sentía mucha impotencia y la insatisfacción de que se marchaba un hombre ejemplar a quien todavía no había podido conocer, aprender  y compartir con él, como se hubiera merecido.

 

Os cuento brevemente pinceladas de su historia. Nació en una familia de clase media alta, e, incluso en su árbol genealógico tenía ascendencia de la nobleza.  Pero la guerra civil, y la muerte prematura de sus dos padres cuando él tenía 6 años truncó su vida. Tuvo que irse a vivir con la custodia de unos tíos, le separaron de su hermana pequeña  y no pudo realizar los estudios universitarios para los que estaba suficientemente capacitado. Aún así, quien tiene potencial lo acaba demostrando. 

 

Los años de la posguerra no fueron fáciles para nadie.  No había trabajo, escatimaban las viviendas y tampoco sobraban alimentos.  Mi padre, quizás, por la añoranza de que su familia se partiera, se casó muy joven para crear la propia.  Era un hombre con un nivel de inteligencia alto, sensible, muy culto, con mucho sentido común y muy sociable. Para sobrevivir y sacar a adelante a su familia (éramos cuatro hermanos),  estudió  sin apoyo de nadie y sacó oposiciones para la renfe,  los juzgados y acabó su vida  profesional colaborando en la dirección de la gestión de recursos humanos del  Aeropuerto de Madrid-Barajas.  Tenía una memoria prodigiosa y una capacidad de sacrificio insuperable.  Por señalar algunas anécdotas,  podría decir que siempre le recuerdo leyendo. En mi casa, de un barrio humilde, había dos enciclopedias, y multitud de libros, incluso, de escritores que estaban prohibidos por el régimen franquista y muy difíciles de conseguir, como pueden ser todas las obras de García Lorca o Blasco Ibañez.  Asimismo, le encantaba la buena música en general (sobre todo la opera y la zarzuela) y el teatro.  Uno de los recuerdos más felices de mi infancia es cuando me llevó con seis años por primera vez al teatro. Fuimos al teatro de la Zarzuela y disfruté  como nadie de la obra “La rosa del azafrán”. Me impactó la música en directo, el ballet, los decorados, las luces, los actores, cantantes… Quizás, por ello, germinó en mi tantas aspiraciones artísticas.

 

Para  que no nos faltara de nada y que sus hijos pudieran tener una buena educación, trabajaba sin cesar desde las 6 de la mañana que salía de casa, hasta las 9 de la noche que regresaba.  Como casi todos los padres de aquella generación, era pluriempleado.  Jamás pegó a ninguno de sus hijos, por todo lo contrario, nos protegía y flexibilizada  la educación mucho más estricta de mi madre.

 

Pero con lo que más disfrutaba él era viajando. Recuerdo con mucho cariño esos viajes interminables a Sevilla o San Sebastián  en el tren rápido (que tardaba ocho horas en llegar), y  como se sabía de memoria todas y cada una de las estaciones del recorrido.

 

Mi padre sentía adoración por mis otros hermanos.  El mayor, que también falleció prematuramente, porque era tan sociable como él y el más pequeño por ser  el más inteligente y travieso.  Ni que decir tiene que sentía pasión por su única hija. Yo había nacido en medio de todos ellos.  Me críe casi como si hubiese sido hijo único, ya que mis hermanos mayores ya eran adolescentes cuando yo era niño y el más pequeño nació cuando yo tenía 7 años.  Quizás, por eso,  he de confesar que siempre fui el preferido de mi madre.

 

Yo era un niño más introvertido, imaginativo, con una sensibilidad especial, con salud frágil, que en vez de gustarle dar patadas al balón, disfrutaba escribiendo, pintando, colándome en el cine para mayores de 18 años y escuchando siempre a los mayores.  Me encantaba jugar al teatro y escenificaba para mis amigos todas las películas que había visto en aquellos cines de sesión continua.  Muchas veces me inventaba los argumentos.  La imaginación siempre ha sido mi gran aliada.

 

Sinceramente, creo que mi padre empezó a valorarme mucho más, desgraciadamente en la última etapa de su vida. Yo era el más estudioso, y, en eso, me parecía bastante a él.  No era raro que en mi casa siempre estuvieran compañeros de instituto, para que les enseñara a estudiar, les dejara los apuntes y memorizara con ellos los temas de los exámenes.  Me encantaba enseñar y aprendía con ello.

 

El vació que me dejó su prematura muerte fue doloroso, angustioso e insustituible. Pero, años después, el destino o él desde donde esté, quisieron que yo desarrollara mi carrera profesional en contextos donde se conocía la figura de mi padre.  Fue en ese tiempo, y, a raíz de la admiración que sentían sus compañeros de trabajo por él,  cuando dejé de sentirme “huérfano” para descubrir que había sido el hijo de un gran hombre.

 

Como podréis comprobar mi padre fue como casi todos vuestros padres.  Un hombre honesto, sacrificado por sus hijos y que tuvo que trabajar bastante para sobrevivir y sacarnos adelante. 

 

Con este texto he pretendido hacer un homenaje especial  a los hombres de una generación que pasó grandes dificultades, que por su entendimiento y el perdón de los avatares históricos, trabajo y esfuerzo, hoy podemos agradecer muchos avances de los que disfrutamos.

 

Hoy es el día del padre… Hoy es un día muy especial para sus hijos, y para los hijos que ya son padres.